30 septiembre 2012

La Canducha

Candelaria, era una mujer alta y corpulenta, su presencia imponía respeto, vestía con un sombrero negro, mantas y polleras de colores tejidas por ella misma. Sus largos cabellos le llegaban hasta la cintura. Tenía una mirada profunda, una sonrisa a flor de piel y una voz musical que convencía a cualquier paisano que pasaba por el mercado municipal para que compre lo que ofrecía.

Siendo joven, lo tenía prácticamente todo, un esposo y dos hijos, poseía grandes terrenos sembrados en el hermoso valle de Sococha, fértil quebrada de Bolivia. La consideraban una mujer muy afortunada en su pueblo.

Siempre se trasladaba a La Quiaca o Villazón para vender sus productos. Traía cargados sus burros con choclos, habas, y papas. Otras veces llegaba con canastas llenas de uvas, chipas con manzanas o grandes ramos de flores.

Un día, al volver de su habitual venta, no encontró a nadie en su casa. El marido se había ido con otra mujer llevándose a sus dos hijos y nunca más supo de ellos.

Entonces decidió quedarse a vivir en La Quiaca y comenzó a llevar una vida errante. Perdió todas sus pertenencias hasta quedarse sin nada: perdió su casa, las chacras, las ovejas, ni los burritos le quedaron.

Se las arregló como pudo para ubicarse en una casa vieja y abandonada de un barrio de la ciudad. Contaba con la única compañía de un perrito negro y flaco, que siempre le fue fiel. Sus ropas eran pedazos de trapos viejos que le tiraban los vecinos, su pelo renegrido ya no era cabello, sino que parecía una lana enredada, pero ella caminaba muy altiva, sintiéndose orgullosa de ser coya.

Era tal su desaliño y suciedad que sólo verla repugnaba. Se alcoholizaba a diario y alegraba las calles cantando coplas picarescas. Dormía donde le encontraba la noche, desataba sus atachos y se entregaba al sueño en el suelo duro de alguna calle desolada o entraba a la fuerza en alguna casa.

Por donde pasaba era el centro de las burlas de niños, jóvenes y viejos. Pero su porte también imponía respeto y a veces miedo.

Fue una gran trabajadora, pero nadie le daba importancia. Se ganaba el pan de cada día en el puente Internacional, haciendo pasar de contrabando pequeñas cosas: alimentos, ropas y coca. Al principio sufrió los maltratos de gendarmes y carabineros, pero a fuerza de voluntad y coraje los venció. Luego, como ya la conocían, nadie se animaba siquiera a pedirle documentos o revisarla por si llevaba algo.

Así pasaba sus días. Algunas personas la apreciaban y sentían lástima por ella, otras la miraban con indiferencia. Tal vez muchos se sentían identificados en su historia.

La gente la conocía por su particular forma de ser, y la llamaban “Canducha”.

Cansada de trotar entre La Quiaca y Villazón, una mañana no despertó. En una calle oscura y olvidada, el crudo frío de la noche, a pesar del calor del alcohol en su cuerpo, la envolvió en su manto y se la llevó. El perrito Cajchi viejo, abrazado a sus pies, como siempre, también la acompañó.

Actualmente se comenta que todas las tardes – noche, su alma pasea por el puente internacional, cantando y bailando en compañía de su perrito negro.

Al perderse el sol, entre las seis de la tarde y las ocho de la noche, corren ráfagas de viento que pasan silbando por debajo del puente. De repente, se levantan remolinos de tierra que envuelven a las personas y las detiene en su caminar. Juega con la basura tirada en el puente y con las personas, siempre hace volar algún sombrero, levanta alguna falda o tira y quita de las manos las bolsas de juguetes y otras cosas que trae la gente.

La Canducha sigue presente en el puente internacional, entre Argentina y Bolivia, pasa cantando y haciendo sus picardías. Protege a las mujeres que pasan cosas y a los coyas que vienen del campo a llevar su coca desde Villazón.
Fuente: Docente Mario Fidel Tolaba

1 comentario:

Luciana Tintilay dijo...

wiiiiiiiiiiiii!!!!!!!!! me acuerdo!!! me daba miedo cuando era peque!!! que lindo es saber su historia!!! gracias por publicarla y por crear el blog!!